El emprendedor y su relación con el fracaso

El fracaso es una situación muy complicada en cualquier momento de la vida. Desde niños se nos incentiva al éxito y se nos refuerza positivamente al conseguirlo. Trabajamos arduamente para obtener un resultado y cuando lo logramos viene el reconocimiento, ya sea social, afectivo, monetario, en especie o de cualquier manera simbólica. 

El éxito es sumamente reconfortante ya que el hecho de conseguir un gran objetivo; terminar una licenciatura, hacer un viaje o comprar un auto desencadena emociones positivas. Incluso esas pequeñas metas que nos planteamos dia a día como correr un kilómetro más, bajar medio kilo o llegar a tiempo al trabajo, tienen también el mismo estímulo aunque en menor medida. El éxito implica también un reconocimiento social que nos hace sentir de maravilla, todo el mundo ama los casos de éxito y las historias felices.

Sin embargo, la relación de un emprendedor con el fracaso es un tanto diferente, la cual no es para nada sencilla. Hace falta desprenderse un poco de los convencionalismos y la concepción de éxito para abrazar el fracaso como parte del proceso de aprendizaje y es que sin duda el fracaso es un mejor maestro que el éxito. Frases como “falla a menudo para tener éxito cuanto antes” o “si limitas el fracaso, estás limitando el éxito” son frecuentes entre los emprendedores, no obstante, es más fácil decirlas que entenderlas desde la experiencia y asimilarlas. No es ningún secreto que muchos emprendedores famosos han fracasado en incontables ocasiones, pero en la práctica, el fracaso suele ser mucho más complicado de sobrellevar.

Afortunadamente, hay quienes han aprendido que el fracaso es una condición momentánea que siempre trae consigo importantes lecciones, tanto en los negocios como en la vida. Así nació en México un proyecto llamado FuckUp Nights; un movimiento donde una vez al mes, se reunen por la noche de tres a cuatro emprendedores a contar sus historias de fracaso. Este movimiento no tardó en volverse global y ahora cuenta con presencia en 300 ciudades a lo largo de 90 países que incluso ha profesionalizado su objetivo inicial creando el Failure Institute, un área de de investigación que se dedica a documentar el fracaso, sus causas y consecuencias. Un interesante resultado de este ejercicio es el libro “Causas de fracaso en empresas sociales mexicanas” un breve compilado de historias de fracaso complementado con un análisis estadístico de los pocos que existen en México sobre causas de fracaso. 

Hablar del fracaso no sólo es liberador, ayuda a asimilarlo y comprenderlo. Contar las malas experiencias nos obliga a revisitar el caso, analizarlo y recibir muchas opiniones de personas que te dicen como hubieran manejado ellos la situación. Hablar de fracaso también representa un beneficio para la otra parte, nuestro interlocutor que aún no pasa por una situación similar puede prevenirse o incluso darse cuenta de llamadas de alerta que de otro modo quizás no notaría. Contar nuestras experiencias de fracaso nos enriquece a todos.

En el mundo del emprendimiento y en la sociedad en general es necesario romper el tabú del fracaso. Cometer errores no te hace una peor persona, sólo habla de inexperiencia y es que; ¿quién de nosotros puede ser experto en todo?. Quitar el estigma del fracaso no sólo nos abre a nuevos aprendizajes como emprendedores, con el tiempo nos hace más profesionales y nos ayuda a adaptarnos y responder de manera más ágil frente a los cambios de la vida cotidiana y de nuestro proyecto o empresa. 

Dejar de ver al fracaso como algo malo y entenderlo como parte de un proceso que nos permite corregir el rumbo para conseguir un objetivo, no sólo daría como resultado mejores emprendedores, también mejores personas. Solo hay que cuidar que no se haga costumbre, de lo contrario estaremos cayendo en un patrón recurrente que requerirá de un análisis más profundo de nuestras decisiones. Debemos dejar de cargar con pesos innecesarios, aprender de los errores, continuar y entender que fracasar es bonito y está bien.

Dos virtudes estratégicas para el emprendimiento

Muchas virtudes deben tener los emprendedores y aunque coloquialmente se dice que se “nace” con ellas, la realidad es que se adquieren con el tiempo y se llevan en ese conjunto único que es la mezcla de valores y principios que forman la personalidad del individuo. Desde luego la educación es un factor fundamental, pero también lo es la familia, las experiencias de vida, el talento y vocación personal, el medio en el que cada persona creció, e incluso el lugar del mundo en el que nació y todo aquello que hace a cada uno de nosotros diferente de otro.

Sin embargo, desde mi punto de vista, dos virtudes (si se les puede llamar así) deben sobresalir para ser un emprendedor de éxito. La primera es la fuerza de voluntad, la segunda es saber perder. 

Lo curioso es que ambas virtudes son perfectamente opuestas pero a su vez complementarias. Es una combinacion rara de encontrar, una mezcla heterogénea difícil de lograr y que implica tener un juicio bastante afinado ante situaciones que pueden llevar tanta inercia que a veces resulta difícil detener 

Me explico. La fuerza de voluntad es ese impulso que nos motiva a seguir adelante para alcanzar los objetivos; saber perder es reconocer que hemos sido vencidos, aceptar la derrota y emprender la retirada. Encontrar el equilibrio entre ambas, no es fácil. Se requiere inteligencia y decisión.

La fuerza de voluntad es una virtud muy positiva, por lo que es fácil de cultivar. A todos nos motiva comenzar algo nuevo, apasionante, que saca lo mejor de nosotros y nos obliga a dar nuestro mayor esfuerzo. Es mucho más fácil comenzar algo que terminarlo. Y es que después de haber construido tanto, no es fácil deshacer lo construido, menos aún cuando fue fruto de nuestro esfuerzo. 

Si decidimos continuar cuando no es factible hacerlo, el riesgo es perder más y más, hasta perderlo todo. Si somos impacientes y terminamos el proyecto antes de que éste rinda frutos, igual estaríamos perdiendo recursos valiosos. Cuando se es emprendedor, ser perseverante es un arma de doble filo, de ahí la importancia de tener un juicio claro e imparcial, así sea con nuestro propio proyecto que tanto nos apasiona y en el que tantos recursos (y cariño) hemos invertido. 

Saber perder es quizás una de las virtudes más complicadas de adquirir. A nadie le gusta perder y no solo hablando de negocios, sino en cualquier aspecto de la vida en general. Y es que el proceso de perder empieza desde antes de declarar la bancarrota, mucho antes de tomar la decisión. Cada mente funciona diferente, pero me atrevo a inferir que desde el momento en el proyecto o la empresa comienza a presentar dificultades, surge la inquietud si declinar es la mejor opción. 

Bien es cierto que los proyectos pueden enfrentar dificultades, la pregunta es: ¿hasta qué punto debemos resistir?. Decidir el momento justo puede ser la diferencia entre salir en un bote salvavidas o hundirse con el barco. 

Es por eso que saber perder es también de valientes y requiere además de la propia virtud, temple y decisión. Desde luego, nadie desea fracasar en la vida y menos cuando uno emprende por primera vez, pero si hay algo valioso en fracasar es el aprendizaje que éste nos deja. No digo que el fracaso sea inminente, pero no he conocido emprendedor de éxito que no haya pasado por experiencias de fracaso en anteriores proyectos. 

Ambas virtudes de las que hablo podrían resumirse en una sola palabra: discernimiento; esa rara facultad de saber distinguir con inteligencia una cosa de otra. Si un emprendedor desea tener éxito, deberá practicar el discernimiento día a día en la toma de decisiones para seguir el camino correcto que lo salve del fracaso y lo lleve al éxito, pero en el peor de los casos, el discernimiento también le ayudará al emprendedor a retirarse a tiempo para minimizar los impactos del fracaso. 

Emprender (no siempre) es cosa seria.

Hoy en día está muy de moda ser emprendedor, pero ni los emprendedores ni los emprendimientos son de esta generación, ni siquiera de la pasada (aunque fue ahí donde empezaron a brillar). El emprendimiento data desde mucho más atrás. 

Originalmente, el término emprendedor se refería a aquel aventurero valiente -generalmente del viejo mundo- que se embarcaba en un viaje hacia nuevos horizontes, lugares por completo desconocidos, donde quién sabe qué destino les esperaba. De hecho, el propio término de empresa tampoco tenía la acepción que hoy en día tiene para referirse a los negocios. De acuerdo con la RAE, la primera definición corresponde a una acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo, justo lo que implicaba aventurarse a descubrir el “nuevo mundo”. Así, a finales del Siglo XV, los primeros emprendedores llegaron a América y encontraron esta tierra fértil llena de riquezas; opiniones aparte, el resto es historia. 

Pero ¿cuál es la diferencia entre el emprendedor de entonces y los modernos emprendedores de café, computadoras portátiles y los famosos coworking?. En esencia, ninguna. 

Y es que el emprendimiento sigue teniendo esa característica fundamental; la incertidumbre. Navegar en la incertidumbre es entonces cómo ahora una de las virtudes más grandes del emprendedor, vislumbrar un camino donde aún no lo hay, seguir los impulsos que dicta esa extraña combinación de la fe y la razón para hacer hasta lo imposible por alcanzar ese objetivo que dio origen y sentido a todo el esfuerzo realizado. 

Emprender nunca ha dejado de ser cosa seria, en los viejos tiempos se podría decir que incluso se arriesgaba la vida ante la posibilidad del naufragio. Hoy quizás no se arriesga la vida, pero si otros factores importantes; tiempo, dinero y esfuerzo, por mencionar sólo los principales. 

Es una disciplina que exige compromiso y esfuerzo. Quien crea que emprender es cosa de juego, está un poquito equivocado. Y digo un poquito por qué la vida no es blanco y negro. Es cosa seria porque todo emprendimiento implica un riesgo. Pero también el emprendimiento tiene una parte divertida, y es que emprender no sería tan atractivo si no te permitiera dedicarte a aquello que te apasiona. Una frase atribuida a Confucio dice “encuentra un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar el resto de tu vida”. Y es que cuando algo te gusta, siempre se le encuentra el lado amable, el lado divertido, el lado que lo hace entretenido más que llevadero. 

Ahora, no todo es riesgo. El emprendedor moderno cuenta con muchas herramientas metodológicas (de las que hablare más adelante) que podrían parecer auxiliares, pero que son fundamentales para minimizar la posibilidad de fracaso.  Indudablemente habrá días en que todo se complique, y probablemente el propio proyecto nos ponga en situaciones incómodas, pero pasado el momento de la crisis, viene la reconciliación. El emprendedor, debe estar también abierto al aprendizaje y al cambio. En la medida que sea perceptivo, tendrá la justa capacidad para dar un golpe de timón y salvar el proyecto. 

En la actualidad, emprender sigue siendo una tarea admirable, una actividad propia de valientes y arriesgados que deciden embarcarse en proyectos prometedores, que muchas veces llegan a buen puerto y otras tantas naufragan en el propio ecosistema emprendedor.  Emprender es encontrar un camino donde antes no había nada. Emprender es el noble oficio de los inconformes, de los que notaron que algo le falta al mundo tal y como está y decidieron crear algo innovador y disruptivo para mejorarlo.